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  • Una película para que los lápices sigan escribiendo

El pasado 16 de septiembre se cumplieron 38 años de La Noche de los Lápices. Como todos los años, estudiantes y distintas agrupaciones políticas, recuerdan el aniversario de este capítulo negro de la historia Argentina. Cada uno a su manera, pero nunca en silencio. El homenaje a los estudiantes secuestrados y desaparecidos, siempre es acompañado por música, marchas en todo el país, charlas y la proyección de la película, dirigida por Héctor Olivera y protagonizada entre otros actores por, Alejo García Díaz, Leonardo Sbaraglia, Pepe Monje y Vita Escardó.

El cine argentino, se ha caracterizado, en muchas de sus proyecciones, por enfocarse en hechos de nuestra historia y brindar testimonio mediante la ficción. “La noche de los Lápices”, no fue la excepción. En 1986 se estrenó la película homónima sobre el secuestro de diez estudiantes secundarios, llevados a cabo por el batallón 601 del Ejército y por la Policía de la Provincia de Buenos Aires. En el film, se puede apreciar cómo durante meses, los jóvenes (mujeres y hombres), no sólo fueron privados de su libertad, sino sometidos a múltiples torturas.

Para el guión de la película, se contó con la colaboración de Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes, quien declaró en el juicio a la junta militar, en 1985. De esta manera el caso empezó a tomar de a poco notoriedad, hasta alcanzarla definitivamente una vez llevada la historia al cine.

El motivo por el cual aquellos adolescentes, muchos de ellos menores de 18 años, fueron secuestrados y desaparecidos, no fue sólo el hecho haber tenido la “osadía” de manifestarse meses antes, en reclamo de un boleto educativo menos costoso. El aparato represor que había calentado motores desde el año 1973 con la organización paramilitar conocida como “Triple A” (Alianza Anticomunista Argentina) y puesto en marcha el 24 de marzo de 1976 con el golpe militar, de la mano del dictador Jorge Rafael Videla, tenía objetivos claros. Había intolerancia, y odio a todo pensamiento y accionar diferente, que no estuviera enmarcado en los denominados “valores nacionales”, ya sean éticos, religiosos o sociales, y que plantearan una disconformidad con el status quo. El plan sistemático de exterminio y desaparición de personas, se puso en marcha, con el argumento de salvaguardar la integridad y los valores de una República que por aquellos años era inexistente.

Por otra parte, la dictadura cívico-militar, debía instalar un modelo económico para pocos. Básicamente consistía en la apertura sin escrúpulos y controles, de los mercados de capitales, trayendo como consecuencia, la destrucción de la industria nacional. Muchas tendencias ideológicas-políticas, el compromiso social, la militancia, y las urnas, eran un claro obstáculo para concretar la puesta en marcha de aquella falsa premisa, que proponía “Achicar el Estado para agrandar la Nación”. Lamentablemente, lo único que aumentó por aquellos años, fueron el hambre, la pobreza, el desempleo y una deuda externa que aún no se ha terminado de pagar. Sin olvidar que el origen de este modelo económico, siguió fabricando pobres y miseria, hasta su estallido en diciembre de 2001.

La película pretende, no dejar en el olvido este suceso y reflotarlo para la memoria colectiva. Los crímenes de la dictadura deben estar latentes y de esta manera, no quedar impunes en nuestra conciencia. Los captores de aquellos estudiantes, cometieron el afortunado error dejar en libertad a algunos de ellos. Con los años o en la inmediatez, han contado con mucho dolor lo vivido, para que esto no ocurra NUNCA MÁS.

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